Hace tiempo escuché a alguien decir que el amor nos eleva a nuestra esencia. Menuda tontería. Como si fueran cosas distintas. El amor es nuestra esencia. Está en nuestra naturaleza. Los seres humanos somos singulares, únicos. Y lo peor es que lo sabemos. Somos conscientes de nuestra propia originalidad, y por eso sentimos un vacío en nuestro interior. Quién más, o quién menos, todos hemos sentido alguna vez que nos falta algo, que necesitamos algo más que no podemos encontrar dentro de nosotros mismos. Y así es cómo empieza todo. Tememos sentirnos incompletos siempre, así que desarrollamos un espíritu de socialización. Voluntariamente o de forma inconsciente, mejor o peor, todos nos socializamos con el fin de completar dicho hueco en nuestra persona. ¿Y acaso el amor no es lo que nos completa? La amistad, la pareja, la familia… Todo son diferentes manifestaciones del amor. Las (buenas) relaciones humanas al fin y al cabo son eso: amor en su estado más puro.
Pero, una vez que hemos completado ese vacío interior, ¿qué ocurre? Pues muy sencillo: que tememos que vuelva a vaciarse. Y si no ocurre así es que entonces no nos completa realmente. Y es que el amor, no sólo regala cosas bonitas, como la mayoría se cree. El amor tiene dos caras, tan horriblemente iguales y opuestas. El amor también regala miedos e inseguridades. Regala expectativas, esperanzas y responsabilidades. Pero sobre todas las cosas, el amor regala incertidumbre. Mucha incertidumbre. El amor une a personas, crea lazos entre ellas. Sin él, uno sólo depende de sí mismo. Puedes pensar por y para ti mismo. Las veinticuatro horas del día. Tú dictas las normas y si quieres las cumples, o no. Aunque sigues teniendo ese vacío interior… Y cuando no es así, la cosa cambia. En una pareja, por ejemplo. Ya no eres uno, ahora sois dos. Con todo lo que eso conlleva. Ya no eres tú siempre el dueño de la situación. No controlas tú todo. Hasta podría decirse que no controlas nada. Dependes, en cierto modo, de la otra persona. Que puede hacerte feliz, o no. Hacerte daño, o no. ¿Quién sabe? Tú no lo sabes. Ni tú ni nadie. Por eso hay que arriesgarse, jugarse un porcentaje de nuestra felicidad en la posibilidad de serlo todavía más. Aunque seamos conscientes de que si sale mal, lo perderemos todo. Todo.
Por eso es duro dejar entrar a alguien en tu vida y mantener la esperanza de que completará el hueco que te falta. Es duro regalarle un pedazo de ti, sabiendo que puede hacer lo que quiera con él. Pero todos acabamos dando el paso. Está en nuestra naturaleza. Y aunque hayamos fracasado anteriormente, volvemos a hacerlo. El amor es nuestra esencia. Por eso los seres humanos somos tan extraordinarios. Porque somos capaces de renacer de nuestras propias cenizas. Cuando hablamos sin saber muy bien de qué, cuando nos reímos sin ningún motivo aparente, cuando el tiempo pasa sin que nos demos cuenta, cuando un número adquiere un significado especial, cuando nos leemos el pensamiento, cuando con una mirada es suficiente, cuando nos llega un mensaje, lo leemos, y lo volvemos a releer… Entonces, no nos queda otra que dar el paso. Estamos perdidos. O mejor dicho, estamos enamorados.
Pero, una vez que hemos completado ese vacío interior, ¿qué ocurre? Pues muy sencillo: que tememos que vuelva a vaciarse. Y si no ocurre así es que entonces no nos completa realmente. Y es que el amor, no sólo regala cosas bonitas, como la mayoría se cree. El amor tiene dos caras, tan horriblemente iguales y opuestas. El amor también regala miedos e inseguridades. Regala expectativas, esperanzas y responsabilidades. Pero sobre todas las cosas, el amor regala incertidumbre. Mucha incertidumbre. El amor une a personas, crea lazos entre ellas. Sin él, uno sólo depende de sí mismo. Puedes pensar por y para ti mismo. Las veinticuatro horas del día. Tú dictas las normas y si quieres las cumples, o no. Aunque sigues teniendo ese vacío interior… Y cuando no es así, la cosa cambia. En una pareja, por ejemplo. Ya no eres uno, ahora sois dos. Con todo lo que eso conlleva. Ya no eres tú siempre el dueño de la situación. No controlas tú todo. Hasta podría decirse que no controlas nada. Dependes, en cierto modo, de la otra persona. Que puede hacerte feliz, o no. Hacerte daño, o no. ¿Quién sabe? Tú no lo sabes. Ni tú ni nadie. Por eso hay que arriesgarse, jugarse un porcentaje de nuestra felicidad en la posibilidad de serlo todavía más. Aunque seamos conscientes de que si sale mal, lo perderemos todo. Todo.
Por eso es duro dejar entrar a alguien en tu vida y mantener la esperanza de que completará el hueco que te falta. Es duro regalarle un pedazo de ti, sabiendo que puede hacer lo que quiera con él. Pero todos acabamos dando el paso. Está en nuestra naturaleza. Y aunque hayamos fracasado anteriormente, volvemos a hacerlo. El amor es nuestra esencia. Por eso los seres humanos somos tan extraordinarios. Porque somos capaces de renacer de nuestras propias cenizas. Cuando hablamos sin saber muy bien de qué, cuando nos reímos sin ningún motivo aparente, cuando el tiempo pasa sin que nos demos cuenta, cuando un número adquiere un significado especial, cuando nos leemos el pensamiento, cuando con una mirada es suficiente, cuando nos llega un mensaje, lo leemos, y lo volvemos a releer… Entonces, no nos queda otra que dar el paso. Estamos perdidos. O mejor dicho, estamos enamorados.
2 latidos:
es muy verdad
de dónde has sacado esto..?
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