jueves, 4 de junio de 2009

Marta

Son las siete y media de la mañana de un miércoles cualquiera. Suena el despertador. Marta, aún con los ojos cerrados, alarga el brazo y lo apaga. Se ve incapaz de levantarse todavía. Además, si se ducha muy rápido y no se seca el pelo, tiene veinte minutos más para dormir. Se da media vuelta, sonríe, y vuelve a quedarse dormida.

El reloj marca ahora las ocho de la mañana y Marta se acaba de dar cuenta de que todavía sigue en la cama. Se levanta de un salto y corre a la ducha. Si no quiere llegar tarde a primera hora, se va a tener que saltar su ritual diario del desayuno. Eso no es una buena señal. Los días que empiezan sin desayuno nunca acaban bien…

Ocho y veinte. Marta sale corriendo por la puerta de casa. Se ha vestido con lo primero que ha visto en el armario, así que ni siquiera sabe si el color de su camiseta va bien con el jersey. Se mira en el espejo del ascensor. No está contenta con el resultado, pero por lo menos los colores combinan entre sí. Además, hoy va a ser un día totalmente normal, así que tampoco pasa nada por que vaya así vestida. El ascensor se para y Marta empieza a correr otra vez.

Al final lo ha conseguido: ha llegado justo a tiempo. Acaba de aterrizar en su sitio. Le esperan cuatro largas horas de clase y un amigo a la hora de comer. Sin saber muy bien cómo, Marta ha decidido regalarle un pedazo de su vida a alguien que casi acaba de conocer. ¿Y qué más da? El tiempo es lo de menos. Las personas son lo que importan.

Marta compartió años y años con las mismas personas durante su estancia en el colegio, y nunca había tenido ganas de compartir algo así con casi ninguno de ellos. No sabe qué es lo que ha cambiado ahora, pero no le importa. Lo que a ella le preocupa es que no sabe muy bien cómo va a empezar a hablar de ello. Lo piensa y ni siquiera se le ocurren las palabras.

Seguro que empiezan a hablar de cualquier cosa mientras ella no para de darle vueltas a cómo sacar el tema. Y al final lo soltará de repente, como hace siempre. Lo dirá todo seguido, como quien tiene un discurso muy bien preparado, aunque lo suyo sea improvisado. Intentará decirlo todo lo más rápidamente posible, y sin mirarle. Quizás él nunca entienda lo que supone eso para ella. O quizás sí, quién sabe…

Se acabará el día y seguramente Marta lo repase todo mentalmente. Se sentirá a gusto consigo misma por haber abierto su caja de Pandora personal, y haber soltado, por fin, uno de sus secretos. Seguramente siga sin entender por qué ha decidido contárselo a él. Y seguramente piense que eso es precisamente lo curioso de la vida. Que un día normal, puede dejar de serlo, y que un día sin desayuno, también puede acabar bien.

Porque en la vida nunca sabes cuándo, ni cómo, ni con quién. Que las cosas grandes ocurren de repente, y que la felicidad viene en frascos pequeños.

1 latidos:

Schoch dijo...

Delicado. Mejorando lo presente.

¿Sabes?, me apetece quedar a comer con Marta.

Un beso.